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Carro vacío

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En la mañana del 11 de abril, procedente de Granada, las fuerzas comandadas por Walker irrumpieron sorpresivamente en la ciudad de Rivas por distintos puntos, con el fin de apoderarse rápidamente del Estado Mayor y de los puntos principales.

Según anota Iván Molina en su libro La Campaña Nacional (1856-1857), al fragor de la batalla se vislumbró que la quema del Mesón de Guerra era la opción para desalojar a los filibusteros que se habían apertrechado ahí. En esta tarea, justamente, fue donde perdió la vida Juan Santamaría, el héroe costarricense. Molina apunta que fallecieron alrededor de 500 costarricenses y de 200 a 250 en el bando contrario. El autor explica que después de esta victoria, el ejército costarricense tenía planeado asegurar primero el control sobre Rivas y los puertos de La Virgen y San Juan del Sur y, posteriormente, atacar Granada. Sin embargo, estos planes se frustraron por la llegada del cólera.

¿Cómo se desarrollaron los hechos en la Batalla de Rivas? A continuación se presentan dos visiones, la de William Walker, y la de Juan Rafael Mora.
Textos: Antonio Vargas Campos, historiador del MHCJS
Revisión de textos: Oficina de Prensa MCJD
Más información sobre la Campaña Nacional la página web del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría: www.museojuansantamaria.go.cr

La visión costarricense de esta batalla se encuentra en el siguiente fragmento del segundo parte de guerra del presidente Juan Rafael Mora Porras.

“A las siete de la mañana y a consecuencia de las astutas maniobras del jefe filibustero W. Walker, mandé una columna de 400 hombres al mando del mayor Clodomiro Escalante, con dirección al pueblecito de Potosí, por cuyo lado nos llamaba la atención el enemigo. Un cuarto de hora habría pasado apenas después de la salida de dicha columna, cuando Walker, escondido sin duda de antemano en las cercanías de esta ciudad, abierta y rodeada por todos lados de espesos platanares y cacaotales, la invadió como un torrente por el lado opuesto al camino que había tomado la columna del mayor Escalante apoderándose de la plaza y llegando muy cerca de las casas del cuartel general y depósito de pólvora, situado al frente de él y ambos, a dos cuadras de distancia de la plaza.

El primer momento fue terrible. Nuestra gente y posiciones fueron de improviso flanqueadas, ceñidos casi de un círculo de fuego y de balas. Todos empuñamos las armas y acudimos a la defensa. El coronel Lorenzo Salazar apoyó este cuartel con un puñado de gente que tenía y rechazó al enemigo, dando tiempo a que la columna que había salido de la ciudad entrara de nuevo y fuera ocupando puestos ventajosos, hasta llegar casi a cambiar la defensa en ataque, obligando a los enemigos a ampararse a las casas.

Un cañoncito avanzado hacia la plaza y defendido por cuatro artilleros solamente, nos había sido tomado por los filibusteros en su primera carga y por un inconsiderado empeño de honor en recobrarlo perdimos alguna gente. Tres veces salieron nuestros soldados de la esquina en que está situado este cuartel (casa de don José María Hurtado), corriendo hacia el cañón, colocado a dos cuadras de distancia y tres veces sufrieron la descarga de metralla y el mortífero fuego del enemigo situado en la plaza, mesones del cabildo y de Guerra (en el cual estaba Walker con lo mejor de su gente) en la iglesia, su campanario y la casa de la señora Abarca, llamada por los nuestros del Dr. Cole.

A las once del día ocupaban los filibusteros la plaza como queda dicho y todas las avenidas del lado de la iglesia. Desde la cuadra atrás del mesón de Guerra, la ciudad era nuestra hacia el noreste, teníamos libres los caminos de La Virgen y San Juan. La situación había mejorado, pero faltaba aún vencer. Órdenes terminantes salieron de este cuartel simultáneamente. Mi deseo era reunir a determinados mandos la gente que peleaba aislada. Primero organizar, después estrechar al enemigo, desalojarle, echarle fuera en Rivas. Un piquete de dragones fue estacionado en la puerta del cuartel con el solo objeto de pasar las órdenes escritas y se insinuó a todos los jefes que me pasaran partes momentáneos de la situación.

Hice que el parque almacenado en la casa del frente se transportara aquí y pasé aviso a todos los jefes para que acudieran a municionarse abundantemente. A las nueve de la mañana había pedido un refuerzo de cien hombres a La Virgen. En seguida mandé correos para que las guarniciones de dicho punto y de San Juan se concentraran en Rivas. De este momento el cambio progresivo a nuestro favor se mostró decisivo. Los nuestros habían incendiado un ángulo del mesón de Guerra y el fuego iba flanqueando o encerrando ya a los enemigos.

A media tarde llegaron los comandantes Juan Alfaro Ruiz y Daniel Escalante con la gente de La Virgen: esta tropa ocupó una parte del mesón a la derecha de la iglesia y continuó estrechando al enemigo, hasta apoderarse en la noche de la casa del Dr. Cole, última de este costado de la plaza. A media noche llegó el coronel Salvador Mora, con la gente de San Juan del Sur. Aunque los filibusteros estaban ya encerrados, esta fuerza completó la seguridad de nuestras posiciones. Los fuegos habían cesado casi: sólo se oían las descargas que de tiempo en tiempo hacía nuestra gente a las partidas de enemigos, que huían y los alegres vivas de aquella a la República y a sus jefes.

Don Juan Alfaro Ruiz estrechaba la iglesia y se preparaba a asaltarla al rayar el día cuando nuestros soldados invadieron por todas partes la plaza y no hallando ya más enemigos que los encerrados en el templo, entraron y acabaron a bayonetazos con ellos. Inmediatamente mandé piquetes por todas direcciones para perseguir a los fugitivos.

Grande ha sido este triunfo, realzado por la bien meditada sorpresa de los filibusteros y sin embargo, tanta gloria se ha mezclado con doloroso llanto y triste luto. (...) Contábamos 260 heridos, entre ellos, varios jefes notables. Mi primer cuidado fue preparar el hospital, hacer enterrar los muertos y organizar nuevamente el ejército. La derrota de Walker es mayor de lo que pensé. Hemos cogido un gran número de fusiles, espadas, pistolas, más de 50 bestias ensilladas y muchos otros objetos, que han presentado nuestras gentes: no se sabe cuantos más habrán ocultado los habitantes de las cercanías de la ciudad. A cada momento llegan prisioneros sanos y heridos. Hasta el día se han fusilado 17”

William Walker relató así el desarrollo de esta batalla en su libro La Guerra de Nicaragua

"Sanders que iba a la vanguardia, puso en fuga una pequeña avanzada a la entrada de la ciudad, marchando a paso precipitado, entró a la plaza lanzándose sobre la calle en donde estaba la casa ocupada por Mora.

El enemigo tomado por sorpresa, apenas había comenzado a contestar el fuego de los rifleros, cuando estos se apoderaron de un pequeño cañón de bronce, que estaba en medio de la calle, como a mitad del camino entre la plaza y el almacén de los costarricenses. Las tropas de Sanders dando gritos por la toma del cañón, lo llevaron a la plaza, pero mientras tanto habían dado tiempo al enemigo de reponerse de su sorpresa y el fuego de los costarricenses comenzó a ser molesto. Brewester también había logrado despejar de enemigos el lado de la plaza por donde había entrado y con la compañía del capitán Anderson al frente llevaba adelante su columna hacia las casas ocupadas por los costarricenses. Sin embargo, unos cuantos enemigos armados con fusiles de precisión habían tomado posición de la torre al frente de los rifleros y tanto los molestaron, que finalmente tuvieron que ponerse a cubierto. Natzmer y O'Neal ocuparon las casas a la izquierda de Brewester y hacían excelente efecto conservando su gente bien defendida y dirigiendo un fuego certero sobre las filas enemigas.

Mientras tanto Machado había caído conduciendo de la manera más brillante sus nativos, quienes después de su muerte tomaron muy pequeña parte en el combate. De este modo, en pocos momentos los americanos tomaron posición de la plaza y todas las casas a su derredor, mientras que el enemigo, encerrándose en los edificios de la parte occidental de la ciudad, sostenía un fuego irregular desde las puertas y las ventanas, lo mismo que de las claraboyas que inmediatamente comenzaron a abrir a través de las paredes de adobes.

Los americanos por su parte, después que hubo pasado el primer entusiasmo del ataque, fue imposible lanzarlos a asaltar las casas en donde los costarricenses se habían guarecido contra el fuego mortífero de los rifleros. Varios soldados, extenuados a consecuencia de la primera carga, arrimaban sus fusiles a las paredes y echándose al suelo no era posible lograr de ellos el más pequeño esfuerzo. Cuando el coronel Fry llegó con su reserva, se hizo un empuje para que cargasen sobre la casa de Mora. Pero Fry y Kewen (...) en vano quisieron lanzarlos al ataque. El abatimiento de las compañías, que estaban jadeantes por la primera embestida, se comunicó a las tropas de refresco y fue imposible conducir la más pequeña parte de ellas a renovar el ataque con el vigor con que había comenzado.

Los pocos soldados de caballería mandados por el capitán Waters habían puesto pie a tierra al principio de la acción y tomando parte en ella. Young Gillis, intrépido oficial de la compañía de Waters, ya había caído y el capitán ocupando la torre de la iglesia en la parte oriental de la plaza, podía vigilar ventajosamente los movimientos del enemigo y molestarlo con sus rifles. También algunos de los soldados de Sanders habían subido a los techos de las casas al occidente de la plaza, de donde daban buena cuenta de él.

Sin embargo, pronto se vio que se necesitaría días para arrojar a los costarricenses de las casas ocupadas por ellos después que se rehicieron de la primera sorpresa, especialmente porque las fuerzas nicaragüenses carecían de artillería y hubiera tenido que contar sólo con el pico y la barra para abrirse paso al través de las gruesas paredes de adobes.

Era evidente que Mora se hallaba apurado, pues varias veces durante el día se había visto ingresar a Rivas, tropas costarricenses de San Juan y de La Virgen. El Presidente había concentrado todas las fuerzas de que podía disponer en el departamento para rechazar el ataque de los americanos. Pero cuando el enemigo vio que los nicaragüenses no avanzaban tomó la ofensiva y se propuso entrar en una casa al norte de la plaza, de donde podían dirigir un fuego destructor contra el flanco izquierdo de los americanos. Este movimiento fue impedido por el teniente Gay con otros, la mayor parte oficiales que se prestaron voluntariamente para este servicio. (...) Nadie pensaba en la distinción de rango y cada uno iba adelante con su revólver dispuesto a hacer en la refriega la parte de un verdadero soldado. No más de una docena de hombres se lanzaron a rechazar a más de cien, y la carga que dieron barrió completamente al enemigo. (...)

En la tarde el enemigo incendió algunas de las casas ocupadas por los americanos y el fuego de sus rifles desde una torre al frente de la columna de Brewester, comenzó a hacer difícil la comunicación entre la parte oriental y occidental de la plaza. Como también ya se acercaba la noche, comenzó a debilitarse el fuego por ambas partes, extenuadas por la excitación y la lucha del día. Mientras tanto Walker se preparaba para la retirada y ya caída la noche, los heridos inutilizados fueron llevados a la iglesia hacia la parte oriental de la plaza. En seguida se mandaron reconcentrar poco a poco las varias compañías al mismo punto, dejándose unos cuantos hombres en las casas incendiadas para impedir que el enemigo estorbase el movimiento de los americanos. Los cirujanos examinaban a los heridos y los que eran declarados serlo mortalmente, fueron dejados en la iglesia cerca del altar, dándose a los demás, caballos para la marcha. Era ya pasada la media noche cuando estuvieron terminados todos los preparativos, y la columna, lenta y silenciosamente desfiló de la ciudad, los heridos en el centro, estando el mayor Brewester al mando de la retaguardia."